Fatima Zohra Farati Hajjar
Cada 8 de marzo, durante el Día Internacional de la Mujer, el mundo reflexiona sobre los avances y los desafíos pendientes en materia de igualdad. Sin embargo, dentro de esta lucha global existe una realidad que muchas veces queda en segundo plano: la segregación profesional de las mujeres migrantes.
En numerosos países europeos, entre ellos España, una gran parte de las mujeres que llegan desde otros lugares del mundo terminan concentrándose en sectores muy concretos del mercado laboral. La limpieza, el trabajo doméstico, el cuidado de personas mayores o la atención en el hogar se convierten, casi automáticamente, en las principales puertas de acceso al empleo.
Esta concentración no es casual. Responde a múltiples factores que se entrelazan. Por un lado, las dificultades para homologar títulos académicos o reconocer la experiencia profesional adquirida en los países de origen. Muchas mujeres migrantes llegan con formación universitaria o cualificaciones técnicas que, sin embargo, no son reconocidas administrativamente. Por otro lado, las barreras lingüísticas, la falta de redes profesionales y, en algunos casos, la situación administrativa irregular limitan enormemente las oportunidades de acceder a otros sectores.
A estos obstáculos se suma también una estructura social y económica que continúa asignando a las mujeres el rol del cuidado. En este contexto, las mujeres migrantes terminan ocupando trabajos que las sociedades receptoras consideran necesarios pero que, al mismo tiempo, suelen ser poco valorados, mal remunerados y con escasa protección laboral.
Las consecuencias de esta segregación son profundas. No solo limita la movilidad social y profesional, sino que perpetúa desigualdades económicas y reduce la visibilidad del talento y la diversidad que estas mujeres aportan a las sociedades donde viven.
Sin embargo, detrás de las estadísticas existen historias de resiliencia y superación. Muchas mujeres migrantes logran abrir caminos en sectores como la educación, el emprendimiento, el periodismo o la política local. En ciudades como Barcelona, por ejemplo, cada vez es más visible la presencia de mujeres de origen migrante en asociaciones, iniciativas comunitarias y espacios de representación pública.
Hablar de segregación profesional en el marco del Día Internacional de la Mujer significa ampliar la mirada del feminismo para incluir las experiencias de quienes viven una doble desigualdad: por ser mujeres y por ser migrantes
Reconocer esta realidad es el primer paso. El siguiente consiste en impulsar políticas públicas, programas de formación y mecanismos de inclusión que permitan que el talento de miles de mujeres migrantes no quede limitado a un único tipo de trabajo, sino que pueda desarrollarse en igualdad de condiciones dentro de toda la sociedad.
Porque la igualdad real también pasa por abrir todas las puertas del mercado laboral. Y esa es una de las tareas pendientes en la agenda de la igualdad.

